Ribadeo Ilustrado

«Si hay algún momento en la historia de este municipio que dejó una fuerte huella en nuestro Centro Histórico, ese es el comprendido entre los siglos XVII y XIX.

Desde el punto de vista económico, la villa se encuentra estrechamente ligada a la economía del Atlántico y a la Carrera de Indias, gracias, sobre todo, a la exportación de madera con destino a Sevilla y Lisboa.

Quedando siempre clara la estrecha vinculación de Ribadeo con el mar, un testimonio del florecimiento de la villa está en su desarrollo demográfico, que duplica su población. Así, los comerciantes se dedicaban a traer vino, aguardiente, hierro y tejidos como el lino y el cáñamo, convirtiéndose estas rutas marítimas en un foco de desarrollo que afectaba a la villa, pero también al mundo rural circundante, creándose así una simbiosis entre los circuitos de los productos que salían y los que llegaban. Era, por tanto, tierra de marinos, pero también de marineros.

Será en el siglo XVIII cuando el puerto conozca uno de sus períodos más relevantes; por él entran directamente, procedentes del Báltico, lino y cáñamo para abastecer los telares de toda la comarca. La importación de estas fibras textiles llega a ser tan importante que el rey Carlos III instala en esta villa la Casa-Fábrica de Lienzos.

Como consecuencia de este desarrollo, se asientan numerosos comerciantes que irán transformando su fisonomía con la construcción de nuevas viviendas en las que se aloja una emergente clase social económicamente poderosa, relacionada con el comercio marítimo.

A día de hoy, esos pazos situados en el casco antiguo se pueden distinguir por sus “Gurugús”, miradores de cristal erigidos en las cumbres de los tejados, balcones elevados que no solo servían como símbolo de prestigio social, sino también como lugar privilegiado para observar el movimiento del puerto y de la ría.»**

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